Exposición de pinturas en la Galería Bennàssar de Pollensa. Del 12 de julio al 7 de agosto de 2008.

























Curriculum de José Morea (PDF, 36 KB)
"Esta serie, cuyos orígenes han de situarse junto con los de su propia trayectoria, ha ido apareciendo intermitentemente a lo largo de todas sus series, evocando desde diferentes puntos de vista, la atracción de José Morea por el género de las naturalezas muertas, entendidas estas del modo más clasicista y corrosivo, y que de alguna manera ilustran hedonísticamente su gusto por los elementos habituales de este estilo. La botella como elemento metafórico, los frutos sensual y eróticamente representados, o el protagonismo de los objetos-personajes en cada composición nos muestran su lado más amable, fresco y a la vez inquietante."
Joana M.
Un agudo sociólogo se preguntaba un día qué cosa podría responder a la esencia de lo valenciano. Tardó en tener respuestas. Hasta que cierto viaje de vuelta en tren le dispuso sobre la ventanilla mientras llegaba a la gran ciudad de Valencia, justo por donde atraviesan huertas piratas, descampados y solares, fincas y más fincas, calles destartaladas... y un ciudadano -más bien un simple humano- de oronda barriga y camisa beige desabotonada, andaba sentado en una especie de mecedora de boga y miraba fijamente el paso del convoy ferroviario mientras comía, relamiéndose, una buena cortada de sandía. Esa era la imagen y la esencia de la felicidad valenciana. El sociólogo se llama Iribas.
Ahora estoy en la casa de José Morea, en Chiva, el pueblo situado en el camino hacia la Mancha y hacia Madrid. Un pueblo rural, de suficiencia agraria, arábigo, de calles y casas irracionalistas pero adaptadas al promontorio, el clima y la vida feliz. Es un reino de abejas civilizadas y moscas masajistas. Hace diez años aquí hubo una fiesta que cerró la modernidad movida; la Clóchina P(A)rty. Los valencianos llaman clóchina, de modo indistinto, al mejillón y al sexo femenino. Esta noche Morea dedica su casa a otra fiesta para celebrar mi inminente boda y recupera el espíritu dadá. Morea es el más picabiano de los artistas vivos españoles. Él y Arroyo. Ambos tan libertinos y liberadores de la pintura. Tan locos. El maestro armero de la fiesta será Verdú, el pantagruélico.
Llevo horas, sin embargo, tratando de entender qué hace Viqui Combalía en el catálogo retrospectivo de Morea editado por el Consorcio (José Morea, pinturas 1980-1999; Valencia 2001). Su texto de encargo está resuelto con la soltura habitual porque Viqui es realmente muy buena. Su repaso de Morea es preciso, pero Morea no ha vuelto a saber de ella. El look de la Combalía siempre ha sido tan sexy como sofisticado y el de José Morea es pura espontaneidad erótica. El repaso a la pintura de los 80 de la Combalía, sin acritud, es antológico y un monumento a la concordia cultural. Mil besos. Al parecer Consuelo Císcar, entonces al frente del inmarcesible Consorcio de Museos del gobierno valenciano, no sabía nada de los líos entre sharks-figurativos y jets-conceptuales pero le sonaba bien la Combalía para Morea. Perversión involuntaria. Un acierto.
En la casa de Morea encuentro varias rodajas de sandía de cartón piedra. La casa es pura explicación de Morea. Un laberinto enorme, venga estancias y altillos, terrazas y escaleras. La expresividad en cualquier rincón. Nada acabado. Hay muestrarios de guijarros de ríos transitados, obras del artista por todos lados. Pájaros, perros y un conejo domesticado. El gallo y sus correspondientes gallinas en un gallinero decorado con una televisión y un poste de electricidad. Un cuarto de baño que parece entre homérico y daliniano. Múltiples tipos de suelos y de techumbres. La quintaesencia del irracionalismo arquitectónico pero de una sensorialidad campante. Uno de los pisos, incluso, ya no tiene pared; allí, en el espacio absurdo de un suelo convertido en límite del precipicio, Morea ha dejado una serie de sanitarios, esparcidos: lavabos y bidets, no sé si con un sentido antiduchampiano o mera y desordenada contingencia...
José Morea ha pasado por muchas experiencias y siempre ha dejado huella de las mismas en su obra. Cuando en los 80 apareció como uno de aquellos jóvenes salvajes que conmocionaron al mundo, se consagró como una rápida estrella mientras pintaba de un modo más refinado bajo influencia de poperos como Hockney o Lindner. Su irrupción como pintor que trascendía las reglas del cómic fue muy superior, por ejemplo, a los intentos de Mariscal. Iba tan deprisa que según las taxativas reglas metodológicas del profesor de la Calle -estadística aplicada a las exposiciones-, el artista valenciano de los 80 sería Morea. En esa década, sin embargo, no había manera de trascender Valencia.
Morea, como bien señala el patafísico comisario Emmanuel Guigon, se dio al viaje como forma de acumular más y más experiencias, porque sin éstas no existiría la pintura de Morea -en eso coincido con el profesor Jarque-. Nuestro artista se sumergió en virajes eróticos y aventuras equinocciales, deambuló por el originario valle del Nilo y el lejano Oriente, incluidas las delirantes rutas montañosas del Nepal o las cálidas playas del Caribe. Cuanto más exótico más atrae a Morea. La sencillez y el despojamiento que otro domado salvaje, Barceló, encuentra entre los magos dogones, Morea lo busca sin detenerse, rumbo a Sicilia, cuyas alegorías italianas son como deliciosos sarcasmos barcelonianos. Uno en Mali, el otro camino de Bután, el Tibet o la Cochinchina...
Dice la Combalía, sin embargo, que tanto viraje de tanto viaje dan la impresión de multiplicar los estilos de Morea. Cierto. Pero siempre aparece Morea, siempre hay verdad, ya sea de la experiencia directa o de la fantasía. El eclecticismo moreano desemboca según la barcelonesa en lenguaje inequívoco. Lo mismo que Picasso. El más legendario y el más absorbente de los artistas de la contemporaneidad. De hecho, las telas que componen este libro-catálogo, correspondiente a una interminable serie de bodegones, contiene ecos picassianos indudables.
El bodegón como quietud tanto en Picasso como en Morea resulta imposible. Hay una dinámica en la exageración de los motivos, en la expresividad del trazo, que siempre denota vitalismo, fuerza, efervescencia. Bodegonismo dinámico, sin freno. Tanto que, de hecho, es un recurso, una serie,"Bodegones,flores y cacerias" a la que Morea siempre vuelve, un a modo de descanso desde las épocas más remotas. Los cuadros ahora ocupan toda la casa inmensa, infinita, de Chiva y queda poco para la fiesta Bo-dadá. En casa de José Morea se exalta la vida meridional y el arte efusivo. Además, pinta gamas de amarillos y mostazas como nadie, como en los viejos tiempos helénicos.
Juan Lagardera,
Chiva, 18 de junio de 2005
José Morea: Bodegones, Flores y Cacerías
Exposición de pinturas en Galeries Bennàssar de Pollença, Mallorca
Del 12 de julio al 7 de agosto de 2008