Sabala - Pelos
No sabemos si tenemos alma, pero es absolutamente cierto que tenemos pelos. De hecho, constituyen un invento muy práctico del Creador, la selección natural o quienquiera que haya ideado los seres vivos. A los animales les sirven para un montón de cosas: protegen su cuerpo, los aíslan tanto del frío como del calor y les proporcionan esa pinta elegante con que aparecen en los reportajes del National Geographic . En el caso de los hombres, animales ligeramente trascendidos, el asunto se complica un poco más. Como nos hemos sofisticado tanto, la pelambrera representa para nosotros algo suntuario más que un sistema de calefacción. Los ostentamos con orgullo en la cabeza, donde son un elemento imprescindible para la hermosura. Los ocultamos en el sexo, por puro pudor o costumbre. No nos hacen demasiada gracia a lo largo y ancho de nuestra piel, porque no está de moda ser peludo y los veneramos en lugares sutiles, donde delimitan nuestro equilibrio estético e incluso nuestra personalidad: las cejas y las pestañas. En fin, ¿qué voy a contarles sobre los pelos humanos que ustedes desconozcan? Hay tantos refranes sobre pelos que parece que no estuviéramos compuestos por ningún otro material. Es obvio que el pelo custodia lo importante, embellece lo neutro y perfecciona lo ideal. Es un subrayado, una promesa, un reclamo.
Sabala sabe mucho de pelos. Si existiera el término ella sería una “pilifóloga”, una verdadera experta en pelos humanos. Tanto es así que en sus cuadros los ha convertido en el símbolo de la desnudez. Conociendo su pintura no podemos pensar que se haya dedicado a los desnudos clásicos en plan escultura praxiteliana, exentos por completo de vellosidad sugestiva, sino que ha realizado con el desnudo un auténtico trabajo de campo que le sirve para analizar muchas cosas. Por ejemplo: la relación de pareja. Por ejemplo: el ser humano en relación a su propio cuerpo. Por ejemplo: la desnudez en el ámbito social. Esas mujeres y hombres que se dedican a amarse, o que se disponen a hacerlo, o que se permiten una pausa para continuar con la batalla, nos muestran lo que ocurre en esencia entre ellos al tiempo que están atentos a lo que el mundo opina, a lo que está establecido como hábito, a la trasgresión que su comportamiento puede originar. Son seres sin ánimo de escándalo, sin deseo de molestar al resto de la ciudadanía, sin maldad. La perversión no cabe en el imaginario de estos cuadros, todo es cotidiano, genuino, tocado por una inocencia que nos habla del estado natural del hombre y de la presión coartadora que la sociedad ejerce sobre él. Incluso en los momentos de mayor privacidad, un sentido pudoroso recorre las imágenes, y siempre hay un pedazo de tela dispuesto a velar lo más descarnado de la situación, o un retrato de boda que nos demuestra que los oficiantes están legalmente casados, o un semi- desnudo interrumpido y nervioso demostrando que eso de quedarse en pelotas no es una cuestión baladí.
En algunos lienzos, como el que muestra a un grupo de hombre y mujeres desnudos sin más paisaje que la hierba verde bajo sus cuerpos, comprobamos que ése podría ser el ideal de felicidad: se encuentran juntos, desnudos, libres, pero cada uno va un tanto a su aire, sin necesidad de interactuar, sin enfrentarse con instancias represoras, sin pecado ni necesidad de perdón.
Absténganse de esta exposición los viciosos, los estúpidos, los que van sobrados, los que ya lo tienen todo superado y los que van de guays. Acérquense a ella los puros de corazón, los curiosos, los tocados por el sentido del humor y aquellos a los que aún hacer el amor les parece algo interesante. Siéntanse bienvenidos los que se vean representados en las obras. Todos somos pequeños y peludos y eso no debe entristecernos, sino darnos alegría de vivir, como la que expresa esta pintora con sus lienzos, donde óleo, tela y sensibilidad se vuelven una misma cosa.
Alicia Giménez Bartlett









































