Trópico de Cáncer
Que sensación tan extraña e intensa traspasar tu cotidianidad, introducirte en un escenario lejano que no conoces y dejarte llevar por lo nuevo que va acontecer. Incluso el tiempo parece dilatarse en función de esta lejanía a tu espacio habitual.
La idea de hacer un viaje es siempre un cambio alentador, nos pone en guardia y nos abre expectativas a experimentar una vida diferente y en este sentido positivo más emocionante y mejor. El viaje supone incertidumbre, aventura. Ya se que esto no es compartido por todos, “haberlos hay “quienes sienten verdadero pavor ante cualquier cosa que implique cambio. En cualquier caso el viaje rompe con lo predecible de la rutina y hace nuestra existencia más inolvidable y en esta subjetividad más larga. El viaje supone experimentar una corta vida de más.
Cuando por fin estamos allí y vivimos su presente nos encontramos de alguna manera absortos, nuestra mente perceptiva ocupada por tantos y nuevos estímulos se muestra ajena al futuro inmediato de la vuelta que supone pensar sobre las experiencias vividas.
Después, al regreso, todos tenemos necesidad de explicar nuestras vivencias, quizá como manifestación del miedo a perder en breve sus recuerdos. Las imágenes y secuencias grabadas en nuestra memoria se nos muestran frágiles y poco tienen que ver con la objetividad registrada por nuestra cámara. Entonces, el viaje queda resumido a las imágenes mentales que han tenido la capacidad de ahondar más en nuestra sensibilidad.
Siempre nos acordamos, de lo extraordinario, de lo que nos sucede fuera de ese algo predecible que esperamos. Lo que nos choca o sorprende no se borra fácilmente de nuestra memoria.
El regreso supone una tristeza por dejar -esa vida de más- y al mismo tiempo una alegría por retomar la nuestra propia. La rutina de la que tanto nos habíamos quejado por acortar de alguna manera nuestra vida y existencia, la ansiamos al retorno como base ahora de nuestra estabilidad. En este después, el viaje es ahora sedimento. El cedazo de nuestra memoria solo ha dejado pasar los posos esenciales para restituir lo vivido.
Me sorprende que cada uno recuerde los mismos sucesos de manera diferente. Que distintas versiones al contar anécdotas vividas en común. La descripción de lo que percibimos, experimentamos o sentimos pasa por supuesto por nuestra individualidad. Todos recordamos de diferente manera. Lo diferente que nos parecen los lugares de nuestra infancia cuando después de un largo tiempo los volvemos a visitar. Las imágenes en nuestra memoria se registran como conceptos variables en función de circunstancias que tienen que ver con la emoción y los sentimientos. La persona que nos salva la vida la formamos grande, poderosa, bella, buena y nuestra descripción defrauda a aquel que no intervino en este favor diciéndonos que no era para tanto.
Las imágenes mentales no son realistas sino suma de conceptos abstractos.
Los impactos, las fuertes experiencias vividas son las que más hondamente calan en nuestra memoria. La rutina tiende a diluir las emociones de la primera vez en el olvido. Lo único y extraordinario sin embargo permanece y se recuerda.
Imaginar, recrear, dibujar bajo la influencia de estas sensaciones, obtener los rasgos de los recuerdos vividos, dar forma a lo etéreo ha sido y es para mi un juego intelectual placentero.
Los países que he visitado estos últimos cuatro años han sido muy diferentes en su naturaleza, que distintos climas y geografías. La mayor diferencia, pienso, estriba en la cultura y su artificialidad. Que distintas costumbres, creencias, arquitectura, vestidos, objetos. Sin embargo hay una naturaleza común que parece inmutable. Algunos animales son los mismos. Cuervos, cerdos, caballos, perros, vacas, apenas se distinguen a no ser por sus destinos. Que paradoja, en algunos lugares se los comen mientras que en otros los veneran. La cultura es realmente la que marca la diferencia. Todos desnudos apenas nos diferenciamos.
De cada viaje he sacado provecho y puedo decir que cada uno ha contribuido positivamente en mi creatividad. Las vivencias de los viajes han supuesto realmente un gran aliciente para seguir pintando.
La influencia de aquellas aventuras se han dejado notar también en mi manera de entender el mundo y las formas artísticas se han ido enriqueciendo paulatinamente en una diversidad que contempla tanto lo abstracto como lo figurativo.
Ahora en mi estudio mi mente vaga con la vista fija por un viejo globo terrestre al que estoy girando; Macao, Hong-Kong, Nueva Delhi, Algunos lugares del norte de India, Agra, Habana, Viñales, Trinidad, Miami, Ciudad de México, Fuerteventura. Pensando en lo distintos y diferentes me doy cuenta que todos forman una misma circunferencia. Que casualidad del destino, los últimos viajes no tenían antes conexión alguna y ahora me divierte saber que tienen algo común, la sorprendente cercanía al trópico de cáncer, el paralelo de latitud 23º27´, el ángulo máximo de la eclíptica con el ecuador, el lugar común donde los rayos del sol caen igual de perpendiculares al mediodía el día que empieza el verano. El 22 de Junio marca el solsticio de verano y es el día más largo para todos los presentes en nuestro hemisferio Boreal y el más corto para todos los del sur del hemisferio austral donde contrariamente comienza el invierno.
Y es que nuestro planeta se mueve balanceándose a lo largo del año como peonza que gira al mismo tiempo que se traslada. La Tierra este día tiene su eje máximamente inclinado de cabeza para reverenciar a nuestra estrella Sol.
A lo largo del trópico de cáncer el 22 de Junio al mediodía las personas no podemos refugiarnos a la sombra del gran mástil.
Al trópico de cáncer y al solsticio de verano les dedico en Pollença esta exposición.
F.M.G.





































